lunes, 7 de enero de 2008

PENSAMIENTO MUSICAL (Poemas en prosa de Raúl Henao)

Collage de Heribert Becker

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A continuación, poemas del libro inédito La escritura del alba

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PENSAMIENTO MUSICAL


¡La lluvia fina: puerta del paraíso!
Hasta la rama seca de mi corazón
florece. Mi pensamiento es un
campo de viñas y rosas.

El griterío de las piedras del camino
no consigue disipar esa visión ama-
da que escapa del negro abrigo del
invierno a la luz perfumada del sol.

Por un instante, sólo un instante,
La sombra se enlaza al cuerpo del
amor. Se confunden la noche y el
día. Cesa de girar la veleta de la for-
tuna.

¿Qué pájaro secreto canta en el jardín?
Se desgrana esa música de mil flau-
tas, calladamente a la madrugada.




LA SEQUÍA


Mueve el sol sus fichas a plomo en el verano
que ya deja adivinar un costillar de burro
a mitad del vecindario circundado por los
pájaros agoreros del altiplano.

Que la alondra cante, pues, a la ventana del
poeta porque se avecina la sequía, a instan-
cias del viento importuno del estío.

Quiera el alba acompañarnos en ese sendero
proscrito por el tiempo -polvo de los apo-
sentos o teleraña de los tejados- que lleva
el sueño a la razón, la razón al corazón.



EL TELÉGRAFO


Tras las ventanas y puertas desarboladas
del verano, pasea el tornado su coleta
de chino, empleado de lavandería.

Gira en el vacío la rueda gigantesca de
un tiovivo a mitad de la plazoleta del
pueblo. El viento -cartógrafo de la luna-
deja a su paso ringleras de agua, reman-
sos ilusorios, en el polvo milenario de
las calles.

Al fondo del hotel, en los espejos des-
habitados, reitera el día su ruedo de
luces y sombras, su cortejo de miserias
y milagros. Se oye a solas, tamborilear
un telégrafo en la distancia.





EL JARDÍN DE LOS AMANTES


¿En dónde estoy? Estoy en un jardín
Hay un jardín”.
Alejandra Pizarnik



Al claro de luna se recorta la alta noche
en la localidad campesina y la madrugada
todavía no importuna la ronda de las jóvenes
brujas bajo la rama marchita del limonero.

Una puerta incuriosa en el jardín legendario
lleva al viandante furtivo hasta la fuente
de mármol donde se arrumban las monedas
ofrendadas por los amantes a los caprichos
adversos o favorables de la fortuna.

Que el huésped del jardín no abreve esas
aguas conjeturales porque su fruto es el de-
seo cumplido. Su dádiva la desilusión. Su
claridad: el vuelo de una paloma acollarada
en el cielo del crepúsculo.




EL CALENDARIO LUNAR


«El misterio acaricia con manos de terciopelo,
una pequeña niña dormida en la soledad
de la luna».
Antonio María Lisboa.



Retacería de recuerdos, espejo del pasado
donde todavía parece brillar un sol marrón
o carmesí, al tiempo que un aroma de aza-
leas flota a mi paso en las tiendas y pasa-
jes comerciales de la ciudad.

Y era al atardecer de esos días vagamente
otoñales cuando se dibujaba en la penumbra
del cuarto, aquel rostro de mujer anacrónica
y distante como un piano de cola, para
-a renglón seguido- asomarse al rio noctur-
no que se remansa bajo mi balcón morisco.

Una pareja de golondrinas había colgado su
nido en mi ventana, cerca a las hojas mar-
chitas de mi calendario lunar.






EL MAR VOLUPTUOSO

El horizonte se prolonga en la distancia
canicular y polvorienta de la bahía que
a vuelo de pájaro semeja el costillar de
una res muerta.

Es el país de la tórtola y el murciélago
donde el día y la noche se confunden
en las habitaciones desnudas de los ho-
teles. O en los charcos de lluvia que las
tardes dejan a su paso en la playa.

El mar recupera luego esa gargantilla
de perlas abandonada a lo largo de la
costa como un cuello nacarado de mujer
al que poco a poco cubre la marea de
sus besos.


LA DECAPITACIÓN O LA REALIDAD

El paseante camina la tarde calurosa hacia la fuente
de agua en un parque de la ciudad. Al asomarse a la
engañosa superficie de la fuente, repara de súbito,
en su cuello cortado de un tajo. Y en efecto, al
sacar la cabeza del agua, esta rueda aparatosamente
a sus pies.

Si al momento, el paseante de la fuente se resiste
todavía a abrir los ojos a la realidad, la decapitación
de la realidad... Por su parte, el autor del presente
trabajo poético, alega en su descargo la inocencia
de las palabras: que, en ocasiones, hasta las palabras
pierden la cabeza.