domingo, 12 de febrero de 2017

PENDIENTE. Un poema de Mario Ángel Quintero


                                                        Título: Incursión. Por: Mario Ángel Quintero

 I.

Pendiente


Sobre la orilla de otra catástrofe,
El risco, desde donde se tiró la casa
Hoy es mudo, hoy supura silencio y erosión.
El borrón desmesurado sobre la tierra
Es casi un mordisco que se le ha sacado al hábito de crecer.
Cuando aún hablamos de madrugadas,
En otro sitio los cuerpos flotan en el agua,
Como si fueran mierda que se va por el cielo.
Reflejos del viento y platos rotos arrancan
El murmullo que brota y lo riegan.

Sólo cerrar los ojos un rato más, ahí sin pétalos ni raíces.
Balbucear es aspirar y dormir trae sueños.
Todo esto mezclado aquí a la fuerza.
Fragmentos cojean por el aire sucio.
La piel le huye a una pátina verde y cada cual
Le trabaja a su prótesis mientras que las estrellas
Se amontonan en la ribera de la noche.

Florece la maleza, una quebrada amarilla
Que baja por la grieta, su tenue arraigo, como su brillo,
Obvio e irremediable,ya que el tiempo aquí no ha aprendido
El truco de estar vacío, de avanzar sin más de que hablar,
Y siempre tiene que llenar su barriga,
Antes de salir a robarle a alguien su descanso.

Garzas confunden este sitio con el pantano
Que ya se ha vuelto, son estacas que marcan
La extensión de lo impermanente, sus miradas
Indagan las distancias, firmes como si fueran la memoria—

¿Por qué mueren los seres?
Por la misma razón que viven—
Porque el tiempo es un ocurrir.
A través de lo que pasa, siempre somos divididos.
La inundación  no es más que un afán
Del agua por habitar la intimidad
Que se esconde en las piezas,
Y las ganas, en la corriente,
De regar a la gente como hormigas,
Sus vidas llevadas más allá de todo familiar,
Lejos del collar roto de sus instantes vividos uno por uno.

Arriba, asomarse es invadido por caer,
Surge un quejido hacia el aire abierto,
El rugido de la madera al rajarse la inclina más.
Aplastada en el momento de desprenderse
Aplastada hasta sus lentes, ya sólo frascos de sombra,
Cubierta en sordera, clavada de narices,
Tapada toda, más abajo que distorsión y tembleque,
La consume el relámpago del nervio,
Un martillo, un trueno, la sensación chispea y se aleja.
La llama que se come el suspiro.

Así acaricia el agua, su borrón silba sobre el horizonte.
Esta extensión inclinada, sobada por un palustre de ocaso,
La luz por donde se chorreó vida, vista como por culo de botella.
Este momento se escarba a sí mismo,
Esclavo de la nostalgia,
Este día se desmorona solo.


II.



Enmendadura


La tierra gaguea, como una lengua que se flexiona y cae.
Empezar de nuevo, ahora, sin entender el verbo siquiera.
Improvisar sobre una nube, el sucio dejado por un lápiz perdido,
Como si al caer, nuestros raspones fueran legibles para algún ojo.

Pero el reloj parpadea.
Cualquier foto, cualquier instante aislado,
Captura la sensación de estar en la catástrofe.
Un teléfono que sonó y luego no habló nadie.
La huella que deja el deseo.
Un trazo negro y un trazo marrón.
Lo que se veía del perro
En la entrada de la casa al desplomarse.
Borrón de nuevo, borrón perpetuo.

Las letras ya no se ven, se han enterrado al enunciar.
Afasia florece desde el asombro de los cadáveres cosechados.
Rebosan vocablos en terrones, pegotes de palabras,
El barro que se escurre desde las muecas.
Vocabularios, veteados por humedades, se inclinan
Pero no crecen, ya sin con qué pegarse a decir,
Se marchitan en un repetir empalagoso.

No hay extensión en tanto caer.
El horizonte tiembla, el cielo se tropieza.
Las palabras, como las ruedas dentadas del instante,
Ya acabadas, se deslizan dando vueltas
Sobre ejes de cosas ya demasiado abajo,
Cosas que sienten el apretón de encías y ya no brotarán más.



III.


Asomarse


Porque es el sonido mismo el que soba membranas y sube a buscar salida,
Raja la viga más alta, pero no reverbera al recibir todo lo que le viene encima.
La mitad de todo— así son los divorcios, las partidas— flota entre firmamentos.
Si fuera rasurar sólo fachadas, pero al llevarse toda la entrada
Quedan sólo interiores, obscenamente expuestos sobre un filo, adentros
Abrazados contra el frío que sube desde algún hecho de tierra y baldosas,
Donde ver tapa y enunciar envuelve lo salido de lo humano en un gesto continuo.
La voz lanzada se desílaba, encuentra una cavidad en la monotonía de una vocal,
Su barco tenue, mientras navega los estrechos de archipiélagos, islas de pisos y techos,
Desde la fisura invisible en la casa dividida hasta el golpe de nada que se riega.
El engranaje cojea por una de las líneas de vista, extrañando la fractura escondida
En la mirada que pasa por unas gafas rayadas que se asoman desde la basura
En morros, como párrafos de palabras que murmuran sus rezos en tinta corrida.




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Mario Ángel Quintero nace en 1964 en San Francisco, California, donde vive sus primeros treinta años. Estudia literatura en la Universidad de California y es becado en creación literaria en la Universidad de Stanford. Publica poemas, prosas y ensayos en revistas literarias estadounidenses; también publica los libros en inglés: Globo (1996),The Fifth Season(1996), y On the Voice(2016). Desde 1995 reside en Medellín, Colombia, donde publica los libros de poesía Mapa de lo claro (1996), Muestra (1998), Tentenelaire (2006), El desvanecimiento del alma en camino al limbo (2009), Keselazboga (2014), Mapa de las palabras (2014) y los libros de dramaturgia Cómo morir en un solar ajeno (2009),La sabiduría de los limones (2013), y Calamidad Doméstica (2016).  Publica sus ensayos en las revistas colombianas Babel, Diverciudad,Interregno, A Teatro,y Revista de Extensión Cultural (Universidad Nacional Sede Medellín). Es integrante de los grupos musicales Underflavour y Sellthe Elephant. Es director y dramaturgo del grupo Párpado Teatro, con quien ha llevado más de quince obras a escena.