lunes, 30 de mayo de 2011

Carlos Obregón o la silenciosa visión de un mundo sumergido. Por Jairo Guzmán



Estamos ante una rara avis de la poesía colombiana. Alguien a quien no se le ha dado la verdadera valoración como poeta , con una obra muy particular en su expresión y en sus preocupaciones.
Alguien cuyo devenir tiene algo tormentoso en su dimensión existencial.

Su experiencia poética coincide con su turbulencia interior, con esa búsqueda incesante entre los escombros de una cultura terrorifica: Hijo de una Colombia desgarrada por su estolidez política y asesina. A sus diecinueve años de edad matan al caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán (1948) y ya ese jóven poeta trae todo un cúmulo de angustias, de preguntas que aumentarán su pasión por la nada y ese vasto paisaje de espectros que es su infancia, inscrita en una tradición católica  cuyo lastre de culpas y dolor pesan en su mente.

Su nombre se asocia a la generación de poetas reunidos en torno a la revista Mito. Generación a la que algunos llamaron “la generación trunca” dado que sus poetas representativos, Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus, murieron jóvenes (ambos, trágicamente: Gaitán Durán en accidente aéreo y Cote Lamus en  accidente automoviliístico), dejando una obra  iniciada pero con unos alcances insuperables, sobre todo la obra de Gaitán Durán, en la expresión poética colombiana. Carlos Obregón también se va de este mundo muy joven (se suicida a los 33 años ) mientras vivía su exilio voluntario (?) en Mallorca, España : “Tú, el exiliado, el que perdura./Sólo el que redime el silencio es raíz sin memoria”. En su obra se percibe la inquietud obsesiva por la nada, el tiempo, el vacío, el miedo, la danza de las formas insinuadas en sus visiones.

Es un poeta centrado en sus visiones, volcado hacia adentro, para quien la escritura, el poema, es su tabla de salvación, la única herramienta que le ayuda a esclarecer el camino que lo lleve a encontrar "la forma perdida de su pensamiento".

Hay una angustia metafísica de alguien que desde su noche más enigmática no le puede "dar forma al pensamiento que mida la nada", que perciba la voz modulada del vacío. Sus inquietudes filosóficas se transforman en un habla poética cuyos poemas son una presencia singular. Su escritura no se parece a la de nadie.

Está solo ante una “tradición” saturada de retórica versificada. Hay mucho de existencialista en su trepidación interior.

Podemos decir que su primera obra es el resultado de grandes conjeturas interiores, respecto a lo sagrado y la divinidad. Desde su titulo: Distancia destruida se marca una preocupación metafísica por la presencia, por el espacio que, asociado a la extensión, invoca la eternidad y el vacío. Publicado en 1957, en Madrid (España), es una secuencia de veintisiete piezas (poemas ) cuyo ensamble configura un libro de poemas impecables, que dejan traslucir un espíritu elevado, dotado de un ímpetu místico, sincopado a acordes y ritmos muy particulares y sin precedentes en el contexto colombiano. En su primer poema nos expresa :

                                   Silenciosa visión de un mundo sumergido
                                   la forma de mi pensamiento la he perdido

y más adelante, en el mismo poema :

                                   Yo soy el poeta que mira la nada,
                                   yo miro la gente -vaga y soñolienta-
                                   y al mirar a la gente, yo miro la nada.
                                    …
                             
   
                                   Veo una flor de fuego que danza
                                   y un pájaro que canta,
                                   que cantan y danzan
                                   al abúlico ritmo, al acrónico ritmo de la nada
                                   y siento en mi ser esa angustia, ese ritmo, esa nada.
                                                           

Todas sus visiones confluyen en una noche anhelada, una noche en la que es posible abolir la distancia. Es una noche sólo para iniciados, algo así como el otro lado de la noche al que han llegado varios poetas, en una experiencia sin límites, en una dolorosa experiencia que lo aleja del mundo inmediato para experimentar los latidos de esa otra noche, la noche de una noche sin fondo, sin orillas, una noche de la que se regresa para herirse ante el dia con sus trampas y afugias. El poeta pregunta en sus poemas por esa noche:

                                   ¿Dónde la noche que mi noche buscaba?
                                   ¿Dónde estuvo el ser en la noche que es?

Distancia destruida es una carta de navegación de su ojo pleno de visiones, es un templo de lenguaje afinado con los nervios de la luz. Allí gravitan bellas auscultaciones, percepciones anotadas en estos poemas cargados de pensamiento, como quien contempla el rio de heráclito ante la plenitud sideral, ante el jolgorio del estio junto a las voces del tiempo :

                                   Algún dia las horas invadirán el bosque
                                   y el roce estival de las cosechas lentamente
                                   reanimará la migración nocturna del sueño
                                   y las especies que combaten la blanca espada
                                   de la aurora.
                                   …

                                   Desde el templo la voz plena invoca las primicias
                                   del río y en toda la comarca se escucha
                                   el elogio solemne de un coro de ancianos,
                                   rito secular, advenimiento largamente
                                   esperado, de hora en hora, como la tierra
                                   espera, calcinada e inerme, la canción de la lluvia.

Es la voz de un místico, de un poeta que se hace las preguntas esenciales y la asuencia de respuestas alimenta más esa llama sagrada que le retorna transparente el mundo:

                                   Noche plena del alma,
                                   silencio sin fronteras poseido en su cuerpo
                                   y la voz secuestrada
                                   entre las últimas radas del nombre verdadero

Ante la búsqueda del nombre verdadero sólo aparece un panorama posible: el silencio. Y el poeta reclama:
                                 

                                   Silencio, nombre para el silencio
                                   …
                                   Este es el día de la más alta alianza

La experiencia mística de Carlos Obregón está esparcida en cada verso de sus bellos poemas. Poemas modelados con el cincel del silencio. En esa dimensión sagrada, el poeta, expuesto al ocaso de los dioses, lucha por escuchar el sonido de la divinidad en las cosas que lo proyectan hacia una nueva liturgia, donde la poesía adquiere su antiguo atavío de nave templada por la noche. En la noche de Carlos Obregón hay una luz plateada, de relámpago, surgida de las tormentas del ser invadido de preguntas. Ese preguntar que lo hermana a la filosofía, a la metafísica, adquiere su luz en el poema. El poeta piensa poetizando  o poetiza pensando porque ha establecido “la más alta alianza” con el misterio, con la divinidad, con el cuerpo. En el ojo del huracán de lo sagrado, está el cuerpo y el absoluto que erige la percepción sensorial, ante el sueño, como morada última frente a  lo imposible.

Al poeta lo persigue el pensamiento del tiempo y de la distancia cuya destrucción acaece en la noche de la noche. La noche fulgurante es una presencia concomitante que exalta una conciencia del cuerpo. También su ausencia. Sobre todo la ausencia del cuerpo amado, del ser amado, de Marion:

                                               Cada vez te encuentras más cerca de mi bosque:
                                               perenne, esbelta en tu murmullo caes, danzas,
                                               eres lo que entonces y siempre relatabas,
                                               la palabra en el aire como una rosa alada,
                                               eso eres en tu ausencia
                                               y las estrellas esta noche me hablan de tus pasos.
                                               Eres lejana y plena como torre de guerreros y ángeles,
                                               ¿y tu voz?, esa es tu alma: tus labios en los años,
                                               esa eres tú, Marión,  en el recuerdo,
                                               esa es tu alma.

Arde la noche  en  Carlos Obregón. Al leer Distancia destruida logramos percibir que lo que conecta sus veintisiete poemas es la noche. La noche guía el pensamiento fulgurante del que aspira a medir la nada. Su experiencia con lo absoluto no lo distancia del mundo, lo dota de un ojo que celebra su poder visionario y ante sus percepciones todo danza. Hay danza sublimada. Hay visiones y la presencia del Ángel como esa fuerza que surge en “la noche del alma” : “¡Ah! Santuario del instante/ espacio irrevocable donde el ángel gravita”. El poeta hace surgir los mundos sumergidos y en esa aventura se expone a la desgarradura. En esa experiencia necesita destruir la distancia : “Entonces liberados de toda lejanía podremos saludar/el advenimiento del fervor vegetal..”

La poesía de Carlos Obregón en es el canto del exiliado que nos dice: “Retornar es viajar hacia la forma perenne/que yace en lo oculto de las piedras./Cada instante trae consigo su exilio”.

Este exiliado ha venido a la tierra para cantar, es decir: para hablarnos de asuntos esenciales “para alabar la liturgia escondida de las cosas/ y continuar en el canto, sin meta, vivos para el ángel”. Es el mensaje de alguien situado “en la frontera del lenguaje”  y quien se dispone a escuchar el canto de las mujeres desnudas en el rio: “Santo es el viento,/ santa es la tierra cuando el sol la dora”. Esta conciencia de lo sagrado atraviesa Distancia destruida. Es la conciencia de aquel para quien “Sagrada es la frontera de la noche:/ perderse para siempre y encontrarse ahora”.                          

Luego de terminar Distancia destruida, en 1956,  hay un tiempo de más honda trepidación interior en el que se va haciendo su nuevo libro Estuario , publicado en 1961 en Palma de Mallorca. Libro precioso, dividido en seis partes : El silencio del fuego, Días del monje, Peregrinaje: Elohim, El tiempo contemplado, Domingo y Cantos. Poemas escritos en Deyá, Ibiza, Marruecos, París, Poblet y Toledo, entre 1957 y 1960.

Con excepción de los poemas de Cantos, todos son poemas breves, a diferencia de los publicados en Distancia destruida.

Con Estuario asistimos a una fulguración, es un libro de fuego en el que nuevamente arden la noche, el alma, el ángel, la luz, el amor, el tiempo, la ausencia, el mar, el espacio y el cuerpo; arquetipos esenciales que gravitan en sus visiones, en sus obsesiones y determinan día a día su espectro imaginario y vivencial. El ardor de la noche del alma, la poesía como una llama en la hora decisiva de la alta noche poblada de revelaciones, con el ángel como cómplice y con sus talismanes que son las palabras, que son sus imágenes ligadas a una desgarradura, a un sol interior que hace herida en su alma, en su espíritu de hombre escindido, debatiéndose entre la avertura de lo sensorial y la luz del viaje místico.
Ese ángel que lo quema, su ser más elevado y fulgente, es , como expresa George Bataille, “el movimiento de los mundos”... “Es la herida o la fisura que, disimulada, hace de un ser un cristal que se rompe”, con su carga de amor, concentrado en su incineración metafísica ante la que el poeta expresa:


                                   El amor como el fuego nace
                                   de sí mismo y en sí mismo
                                   hacia lo eterno se despliega
                                   recreando su sustancia
                                   en éxtasis perpetuo
                                   alba de fulgurante hallazgo
                                   amor que es floración del fuego

Hay una cosmología subyacente en sus versos profundos, una percepción del universo desde la alta contemplación, en la que la noche sideral invade los recintos del alma como un viento que entra raudo, a través de puertas batientes:

                                   La noche contemplada cae sobre los ojos
                                   con la paciencia de los astros
                                   busca morada al margen de la carne
                                   y abandona en el alma su destino
                                   de mar vencido entre ángeles y abismos.

Ahora, Días del monje, la segunda parte de Estuario es una poesía que se desliza en un hablarle permanente a la divinidad. Nuestro poeta ha ascendido al plano espiritual más sagrado en el que cada poema está dirigido a la presencia divina. El poeta hace que la divinidad le escuche a través de su escritura iluminada:
                                 
                                   A veces,
                                   al caer la noche,
                                   temo entrar con mi cuerpo
                                   en tu vasto silencio.
                                   Y sin embargo,
                                   entre los cirios
                                    hay algo que ya es mío.
                                 
                                   Tu misterio está en todo:
                                   Estás solo y te amas

Esa fiebre, ese fuego nocturno, le aguza la visión:

                                   Lo que veo es muy sencillo
                                   Pero lo que no veo
                                   es aún más sencillo.
                                   Desde tu hondura veo
                                   contra la noche
                                   un ciprés y una rosa.
                                   Y lo que no veo
                                   solamente es tu hondura.

                                   Me hiciste monje
                                   para cerrar los ojos.

Cerrar los ojos para ver lo real. Esa es la más alta contemplación a la que ha llegado nuestro poeta. Esta plenitud se logra en estados muy especiales del ser : la experiencia mística es un devenir en el que el poeta ha entrado, es su refugio y su herida al mismo tiempo. Porque ver duele y ese dolor lo sublima el éxtasis, en el otro lado de la noche: “El éxtasis no explica nada, no justifica nada, no aclara nada” (Bataille). Así la poesía como éxtasis. Así, la poesía que le dice a la divinidad:

                                   Entraré en tu silencio
                                   y te adoraré
                                   en diferentes lugares
                                   de la noche.

Es un libro con densidad, exigente en su devenir. Invita a aguzar los sentidos y a dejarse llevar por el flujo de sus símiles, de sus percepciones particularmente descritas : sagrada fenomenología “porque sólo queda este hontanar pleno y vibrante/ cuando el cuerpo se aleja con el viento/ y se sumerge en el rito solar que lo ha inetgrado”.

Con Carlos Obregón experimentamos el poema como esa cápsula donde lo sagrado permanece y le da sentido a la relación del ser con lo viviente, con el universo y su torrente de astros.

Como expresara Gilberto Abril Rojas: “Obregón se disuelve, se fragmenta en la sonoridad de la palabra, en el fuego poético que penetra las cosas y las vuelve a su estado original. Versos escritos bajo la tutela de un vaivén cosmológico”. De ahí que sea un visionario, alguien que prepara su cuerpo para las contiendas espirituales de la noche,en las que experimenta “la castigada soledad del ojo”.

Estuario es su gran libro de poemas, es, junto con Distancia destruida y algunos poemas no presentados en libro (poesía inédita) su gran legado. Obra breve, de excelsa factura y espiritualidad fulgurante, cuyos signos se trepan a nuestro cielo y nos revelan la dimensión de un hombre grande, expuesto a la intemperie divina y por cuyo gesto la poesía en Colombia adquiere la consistencia de lo auténtico y logra presentarnos un panorama muy particular, una geografía interior proyectada por una existencia vibrante ante los instantes poéticos “labrados sobre el yunque del espíritu más sólido”