martes, 19 de octubre de 2010

EFECTOS JET LAG. Por: William Zapata.



"Mayo del 68 cambió al mundo
y el 9-11 lo volvió a dejar como estaba"

La primera vez que vine a Estados Unidos quedé encantado con los autos. Tan último modelo, tan de diversas marcas; tan raros para mí, (acostumbrado a ver sólo Renault y Simcas)…  en fin… tan educados y tan bien manejados. Luego, esa fascinación se deshizo y se volvió mancha como los chicles que escupen los transeúntes sobre las aceras de New York. Con el paso del tiempo, me di cuenta que esa calma y ese orden; ese frenar pausado y ese darle siempre la vía al peatón; ese nunca pararse en las cebras de los semáforos, y ese casi nunca pitar, no eran cortesía ni parsimonia, ni mucho menos decencia, sino más bien miedo. Miedo a la policía uniformada y a la policía de civil. Miedo a todas esas cámaras que vigilan el país. Al control endemoniado de los gringos. Punto. Así de sencillo. En resumidas cuentas, miedo siempre a que algo fuera a romperse si uno se movía demasiado y que una mano fuera a agarrarte de la camisa para sacarte a patadas de tu lugar. Luego, efectivamente, comprobaría que este país no era tan cuerdo como me lo imaginaba. Era más bien delirante e implícito. Eso.

De todos modos, fue una hermosa época. El inglés en aquellos años era musical y no ese martilleo cacofónico de las 87 plagas de Egipto de la Chinatown bajofondera, (y exportada del bajo Manhattan al resto del universo).  Para entonces, me ganaba la vida paseando los perros de mis tres tíos por las arboledas de Rigo Park en Queens. Todo era contemplación. Pura y divina contemplación. Mi familia se dedicaban a distribuir sus estupefacientes traficados desde Colombia y yo me dedicaba a ganarme el cariño de sus perros de pelea en las tardes, (luego de que mis tíos los estuvieran azuzando por las mañanas para volverlos más bravos). A eso del mediodía, yo iba de casa en casa y sacaba los perros de mis tíos. Les ponía el collar y sus respectivas cadenas y me los llevaba en patota a caminar por el vecindario, donde, debo decirlo de paso, mi familia paterna tenía más de veinte propiedades. No faltaba el día en que los perros se encontraban con otros perros y trataran de devorarse unos a otros. Aquellos eran los días más difíciles. Pero el resto del tiempo eran muy cariñosos los leones afeitados, como les decía yo. Vengan mis leones afeitados, vengan mis caimanes con cirugía plástica, era mi saludo matutino para con los perros de mi familia en Estados Unidos. Luego, por las noches, a cobrar mis jugosos salarios.

Para la segunda vez, pude ver las cosas con más propiedad. Yo estaba más o menos curtido y la posibilidad de haber vuelto a Colombia y viajar de nuevo a Estados Unidos me daba una perspectiva más fresca sobre las diferencias entre un país y el otro. El entendimiento era, digamos, más profundo. Empecé a hacerme preguntas sobre el dinero. Llegué a la conclusión de sus peligros en manos de gente sin educación. ¿De qué sirve tener plata si se es un burro? Me decía. Bueno, es parte de la libertad de esta sociedad, me respondía yo mismo, para mis adentros. Si tú quieres estudias y si tu no quieres no. "Pero no aguantas hambre ni frío como en Cuba, seas educado o no", le dije una vez a cierto amigo por teléfono.

¿Quién dijo que uno se tenía que educar en la vida? Uno no tiene que ser nadie, nada, para merecer amor. Eso es lo que supuestamente te vende como idea el sueño americano.  Y es que en verdad uno no tiene que ser alguien, ó algo, para merecer al menos el respeto de los demás.  A veces la gente sin educación tiene más modales que aquellos que llevan un diploma pegado en la frente. Ya se sabe que es más difícil ser un caballero que ser un profesional.

En aquella oportunidad, sólo había que caminar por las calles de Nueva York para enterarte de que no hay nadie más insoportable en este mundo que un inmigrante con logros (entendiendo por logros tal vez un carro del año ó un puesto de empanadas en el ghetto ó un social security para poder salir de la jaula en los gélidos eneros del norte), y cuenta que yo lo diga, porque si bien yo no tengo un título, sí tengo 9 de semestres de medicina encima y un buen millar de libros en la cabeza. Casi graduado, digamos. ¿Y de qué me ha servido? ¿Qué son los profesionales bien educados en un mundo como éste, si no tienen un par de pelotas para ir un poco más allá de la media?

 Vuelvo a lo de la libertad. A la libertad como se entiende hoy en día. ¿Libertad o libertinaje? Y he aquí donde viene el conflicto. En este país miras a tu alrededor y siempre ves un montón de gente sin educar o mal educados. Pura perversión consumista. Depravaciones. Atentados contra la estética y ruidos visuales. Extralimitación. Imprudencias mediáticas. Muchos aparatos, muchas pertenencias, mucho dinero y poca inteligencia.   Demasiada sumisión, puro conformismo del fino; credulidad ante cualquier mentira que flotara en el aire. Libertinaje cultural, llamémoslo así. Trabajar como un puto esclavo toda la semana para irse a clavar una whooper junior cada domingo en el mall más cercano. Fabricar tu propio cáncer. Hablar el inglés como le salga a uno y no como se pronuncia correctamente, como lo pronuncio yo. Como lo aprendí a pronunciar con harta dedicación.

Tenías que mirar con mucho detenimiento, eso sí, para ver gente del otro lado.

 No nos digamos mentiras. Aquí la vida es más respeto que afecto en las relaciones interpersonales. Descuido en la presentación personal y en la calidad humana. Mujeres sin ningún tipo de pudor, con más alcances de los que les corresponden. Tipos sin afeitar por doquier. Melenudos sin aspavientos. Vendedores de drogas y asesinos a sueldo disfrazados de caperucita. Tal vez por eso dejo este testimonio. Para que la gente entienda de dónde viene mi decisión. Para que la opinión pública no crea que he decidido matar a esta otra gente de la nada. Tal vez por eso he decidido encerrarme en este baño y grabar esta video carta.

Fue tal vez en la tercera oportunidad, cuando volví de Colombia, donde empecé a fijarme y a estudiar todos esos asesinos en la tele. Antes los veía y no me decían nada; pero de un momento a otro empecé a entenderlos con una claridad pasmosa. A ellos y a los demás delincuentes. Terroristas, capos de la droga, psicópatas en general. Todos dejando sus testimonios grabados en video-cartas y correos electrónicos y yo que andaba bien sensitivo por lo que llaman hoy en día ¨efecto jet-lag¨. Así es. Algunos les da diarrea y se les corre el sueño y a otros se nos corre la teja.

 Entonces, sigo. De ese tiempo fue que se me ocurrió la idea. Desde ese tiempo es que vengo arrastrando este proyecto, aunque lo he traspapelado durante largos periodos de tiempo. Pero, de cuando en cuando, vuelve y resucita: me surgen las ganas de hacer algo, de vencer mi pasividad, mi carácter de entidad sumisa; aunque soy consciente de que el crimen mismo, como concepto, es la mejor disculpa para justificar y, por ende, reafirmar la necesidad de los instrumentos de poder. ¿Qué sería del aparato estatal sin los delincuentes? Sin embargo, algo me dijo que debía seguir adelante, pues había jurado no volver a dejar que alguien pasara encima de mí desde aquel otoño de 1994, cuando un italiano se estuvo robando las propinas que los clientes dejaban para el delivery y para el cocinero. O sea para mí.

Recuerdo cuando volví a Colombia por cuarta vez.  Recién había acabado de ver a mis hijos y a mi ex mujer y el golpe no había sido fácil de asimilar. Hasta la fecha, ellos todavía no podían explicarse cómo podía ella estar económicamente mejor que su padre, si yo soy el que vivo en U.S.A. El día en que nos reunimos en Bogotá, en un restaurante cerca de Maloca, ella se tomó el atrevimiento de enlodarme su plata y su nuevo puesto en la cara. (Pasó de secretaria en una compañía de teléfonos a gerente en solo cinco años). Aquel día terminó pagando la cuenta y se aseguró que los niños lo vieran con sus propios ojos. La verdad es que yo no tenía mucha plata para entonces. En realidad nunca he tenido mucha plata. Más bien siempre he sido pobre, como una suerte de predestinación. Cuando estudiaba en la universidad, mi grupo de amigos me llamaban El Pobre, de cariño, claro. Lo mismo en el colegio y lo mismo cuando estaba chico en mi barrio natal: por mucho tiempo tuve el apodo de El Chavo, que era un personaje de la televisión muy arrancado, y entonces las madres de mis amigos me ponían como ejemplo a no seguir. Cuando regañaban a sus hijos decían: vea Fulanito de Tal, es que yo no quiero que usted termine como El Chavo ¿A usted le gustaría terminar como El Chavo? Siempre despertando la lástima ¿No? Entonces vaya báñese y haga la tarea si no quiere terminar como El Chavo.

Es muy duro ser pobre, déjenme que les cuente. Lo peor. Odio la pobreza. Aquí en Estados Unidos uno aprende a odiarla. Aquí uno aprende a odiarse a sí mismo como latinoamericano de clase media que es, sobre todo cuando terminás recibiendo órdenes de gente, que de haberse quedado en su país, serían ellos los negros y no vos.

 - ¿Mami, por qué pagas tú siempre, si papi es el que vive en Estados Unidos? -  preguntó Pablo, el menor, aquel día. Ya está en una de esas edades en que siente la necesidad de asumir ese rol de cuidandero, pues en términos francos, es el varón de la casa. El único. Los otros dos no cuentan porque salieron afeminados.

- Es que tu papi es un inútil, hijo. Lleva 35 años con los gringos y todavía no tiene donde caerse muerto - Contestó ella. – Se vino a verlos a ustedes justo con los pasajes y no trajo ni una chocolatina del aeropuerto -.

- Ese país no es como lo pintan, Pablo - dije yo. Tratando de explicarle con el tono más adulto que encontré. A los hijos hay que hablarles así – Además, de un tiempo para acá se ha estado arruinando – anoté - desde el 9’11 muchas cosas han cambiado. Es una guerra muy larga, hijo.

Todos se miraron entre sí. Parecía que estos argumentos no le convencían. Entonces, rematé:

- Además me dañé la espalda, tú sabes eso. No puedo trabajar muy fuerte y en mi condición de obrero eso representa a ser un minusválido.

Volví a Nueva York con el corazón en la mano, sintiéndome un fracasado, prometiéndome que la próxima vez que viajara para ver a mis hijos, me irían a ver con los bolsillos llenos. Entonces, traté de volver a los viejos trabajos handy, que son los que más plata dan en el imperio, pero la espalda rota no me dejó. Intenté con una compensación laboral, pero comprobé que el sistema está diseñado para quienes pueden pagar mejores abogados, o sea, para las empresas y los patronos.  Empezó la rabia y con el paso de los días se enquistó un odio que nunca pude sacarme. Hasta que una mañana de domingo tomé la gran decisión. Recuerdo que aquel lugar estaba lleno de vendedores de crack en las esquinas. Efectivamente me fui a Harlem y me compré un R15 de doble carga con los dominicanos de la 110 Street and St. Nicholas. Me quería vengar del país que me había robado la juventud, me quería vengar de la sociedad que te roba la salud y te quita la sonrisa del rostro. Me quería vengar del país que mató a Pablo Escobar y que encarceló a Carlos Lehder y que a la postre hizo que yo me tuviera que exiliar cuando las calles de Medellín se empezaban a quedar sin efectivo.

Hoy la cosa está tranquila. He sobrevivido al largo invierno con cierto halo de calma (un buen par de putas cada sábado, televisor plasma en la sala y un freezer repleto de cervezas y carnes frías importadas para acompañar mi suscripción a Time Warner Cable), pero no me he arrepentido ni claudicado en lo que pienso hacer. He estudiado las horas más concurridas del Burger King de la esquina, (pero la cosa se me ha ido diluyendo ante la tranquilidad de la franquicia más decente de la ciudad).

Hace unos pocos meses había puesto el arma en un rincón de mi pequeño closet, de mi pequeño cuarto alquilado de Greenpoint, y había pospuesto el proyecto. Pero lo he resucitado hoy y por eso estoy aquí, en este dinner al final de la calle. Tal vez había sido miedo, digamos la verdad. Pero no lo será en ésta. He de meterle una bala en el culo a cada uno de esos idiotas útiles que mastican allá afuera. Sobre todo al gordito aquel con la camiseta de los Mets. Siempre he querido meterme con unos de esos blanquitos que me encuentro en el tren 7 cuando voy a jugar fútbol al  Flushing Medeaws Park.

Ya ni sé a qué horas se jodió todo en este país. Algo se quebró más de lo que ya estaba. Las distancias se volvieron más abismales. Una grieta se extiende sobre la losa de mármol. Todo era tan distinto antes. El dólar era el rey. El dólar lo podía todo. El dólar nos unificaba, nos hacía sentir parte de un todo monolítico. Todo lo comprabas con un dólar. Sentías que estabas en familia si tenías la cara de George Washington en tus bolsillos. Hoy en día un dólar no te sirve ni para dejar en las pistas de striptease ni para comprar una donut ni nada. En el tiempo del que hablo, en cambio, contaba el factor dinero. Bueno, ya ustedes se habrán dado cuenta de que, para un pobre como yo, el dinero era lo único que podría interesar. El dinero, cuando es fuerte, está por encima de razas y religiones. Imagínense. Yo venir de un contexto así medio intelectualoide de nobleza arruinada, yo venir del país donde las mujeres tienen que volverse putas con pedigrí porque el mero sueldo no alcanza y donde en cada semáforo hay una familia de desplazados pidiendo limosna, y de un momento a otro tener todas esas propinas con billetes de 20 dólares en la mano.

 Voy a hablar con franqueza de este país. Podría decir que la historia reciente de este país se podría definir con el nombre de un documental que yo estaba filmando sobre la década de los 70's para mis clases en la Universidad de Columbia y que ya no podré continuar después de que mate a estas bolas de grasa con patas y después de que yo mismo me vuele la tapa de los sesos. Lo podríamos llamar: EL DÍA EN QUE LO POBRES TUVIMOS DINERO. Sería un título perfecto para definir a la Norteamérica de aquella época. Llegaban latinos de todo el cono sur, me acuerdo; de Chile, de Ecuador, de Bolivia. Bueno, antes de que sucediera lo del Euro y todas esas cosas. Luego, ya la cosa se fregó.  Luego, ya los pobres fuimos otra vez pobres. Pobres de bolsillo, pero sobre todo pobres de otra cosa más importante: pobres de ubicuidad, pobres de sentido de pertenencia. Pobres de espíritu. Sin embargo se nos había olvidado. Y lo peor, no supimos aprovechar esos tiempos dulces. Tuvimos que volver a aprender como éramos entonces, antes de venir aquí y antes de que la economía se viniera abajo.

Voy a decir ante esta cámara lo que pienso y siento: no tiene sentido venir a la USA para terminar llevando una vida de servilismos. A la USA hay que venir para ser amo y señor. Uno aprende mucho de dignidad por estas tierras. Tal vez ese sea mi gran conflicto, mi gran frustración: el de no haber tenido los cojones para aceptar aquellas invitaciones. You know, que "mira, tigre, te vamos a dar 20 mil si me cuidas una casa en Long Island por este weekend. Solo tienes que llevar esta 9 eme en la pretina y estar pendiente de que nadie se acerque mientras nosotros vamos sacando la mercancía. Si ves que alguien se acerca... ¡pum! tu disparas primero y luego nos avisas". ¡Ay! Si hubiera aceptado esos 20 mil y luego aquellos otros cien mil por ir a cobrar dos millones a la Amsterdam Avenue en el Upper. No estuviera aquí lamentando lo cobarde que soy.

Mi desilusión total me sobrevino esta última vez que estuve en el pueblo.  Y juro que va a ser la última. No pienso seguir con esta mierda de vida. Y es que, de repente, lo vi todo tan claro. Es muy duro eso de ir con la intención de quedarse a vivir en tu patria, de apostarle a tu tierra natal y de no poder hacerlo. Mirar a tu alrededor y ver todo aquello.  Autobuses con músicas del demonio a todo volumen; nadie usando i-pods en las calles; nadie leyendo en los parques ni en ningún otro sitio público. Y mejor no hablar de las calles inundadas después de cada nuevo aguacero y las masas con el agua hasta el cuello. Y lo peor de todo: ¡tanto mendigo! Mendigos en los centros comerciales y en las puertas de los teatros. Mendigos en los programas de radio y en cualquier cuchutríl en el que te sientes a tomarte una coca-cola. Los mendigos son lo peor. Los mendigos saliéndote hasta de la sopa. ¿Dónde se había metido la gente linda de Park Avenue?

Cuando viajaba al pueblo en los 90's, me acuerdo, me daba mucha risa ver la cara de mis amigos de la juventud. Íbamos en sus autos a las fincas ó a los clubs donde estaban afiliados sus padres y celebrábamos que nuestras folclóricas luminarias musicales estuvieran triunfando en el exterior y que salieran al lado de otras luminarias internacionales por lo menos en esa revista donde ahora Daniel Samper Ospina salía haciendo el periodismo que mejor sabemos hacer los colombianos, o sea el periodismo burletero, y entonces venía un ñero a limpiar el parabrisas de nuestras burbujas. Me daba risa porque en la radio casi siempre estaba sonando uno de esos grupos glamurosos como Radiohead o como Air y yo me ponía a pensar, "¿Cómo hacen para disfrutar de estos sonidos tan chill out, tan lounge, y con este paisaje tan destartalado de fondo? Yo mejor me devuelvo para Nueva York. Que se aguanten la miseria colombiana los ricos en ese trayecto que va de sus búnker hasta los mall. Se la merecen".

En este siglo dicen que las cosas están mejor. Pero hay que viajar para darse cuenta que las cuentas alegres de Uribe son solo eso. Cuentas alegres. La pobreza sigue siendo la misma. El paisaje urbano no se modifica. El miedo a que te roben se ha intensificado. Por eso me vine. Porque no me aguantaba tanta realidad maquillada en los noticieros, tanta miseria camuflada entre titulares de prensa. ¿De qué sirve tener una élite política tan universal si no hay wi-fi en los parques y si no podés sacar tu Mac tranquilamente en cualquier cafetería? ¿Por qué siempre habrá unos ojos envidiosos que se enamoren en todas partes de vos? ¿De qué sirve tener una clase alta tan rica, pero tan inepta para administrar los bienes colectivos?

¿Por qué en Colombia no hay un sistema de trenes en todas las ciudades y por qué no hay vino gratis en las galerías de arte? ¿Por qué no hay galerías de arte en Colombia en forma masiva? ¿Por qué en Colombia todavía tenemos las mismas chatarras de carros andando por las ciudades? ¿Por qué esos carros no respetan los semáforos y se estacionan en las cebras mientras esperan la luz verde y por qué los motociclistas se montan por las aceras? Ahora entiendo por qué la gente que se cree de mejor familia pega pa´ Miami con tanto indio caribajito caminando por los centros comerciales del pueblo.

Vuelvo a la cara de mis amigos escuchando Led Zeppelin mientras se transita por un sector lleno de fritanga y talleres de mecánica y de bailaderos de chucu-chucu. ¡Cómo para morirse de la risa! Welcome To Machine sonando mientras se sobrepasa un potrero donde unos niños semi-indígenas juegan al fútbol con una pelota de trapo; algo así como el video de El Temblor, cuando Cerati disfrazado de Robert Smith camina por unas ruinas prehistóricas o cuando el vocalista de Caifanes lidia con su melena glacial en medio de un desértico clip de 40 grados a la sombra. Y me eximo de entrar en otros sonidos donde el artista da cuenta de un mundo verdaderamente metropolis, pero que allá, en el trópico subdesarrollado, escuchándose porque se escucha.

Fue muy fuerte todo aquello. Encontrar que la mitad de los amigos se habían exiliado y la otra mitad llegando al Encuentro Anual de Egresados de Medicina con sus esposas radiantes y sus hijos rebosantes de alegría; bajándose de sus Pegout y yo arribando en  esos buses interurbanos de los 70's pero en pleno siglo 21, porque no supe aprovechar las oportunidades cuando se me presentaron con mis tíos de Nueva York. Luego salir por la calles y notar que todo el mundo te mira de arriba a abajo cuando te cruzan por la aceras. ¿Por qué la gente en el pueblo es tan repadora y no puede andar la ciudad sin mirar qué llevas puesto o quién es tu acompañante ó en qué carro vas montado?

He aquí las reflexiones de un inmigrante con logros en Nueva York, antes de cometer la proeza más importante de su vida. No soy ningún veterano del Vietnam al que la guerra le ha dejado traumas incurables. Simplemente soy un colombiano de vieja data, en el primer mundo, con un tibio balance frente a la vida: un apartamento en el pueblo y otro par de inversiones más, que me desfalcan más de lo que me producen. Una ex-esposa que me odia y un puñado de hijos que me ven como basura espacial. Del resto, xenofobias adquiridas en La Gran Manzana y habilidades para detectar a aquellos quienes son superiores a mí. Un seno maternal desintegrado por las migraciones de mis hermanos y no mucho más. Tan solo un detalle: odio los gordos y eso contribuye a que me odie más de lo que más me odio. Por eso los primeros que van a caer en este dinner son los gordos como yo y luego esos chinos que se han colado con bolsas en la mano, mientras ofrecen de mesa en mesa su dvd's piratas. También he de borrar a los latinos que se humillan en la cocina y al manager que le cuidaba la espalda a la Taco Bell y ahora, según me ha dicho en conversaciones esporádicas, lo ha empezado con los dueños de este dinner.

Espero que este video pueda ser visto algún día al interior de la opinión pública norteamericana. Espero que sea como uno de esos videos de los psicópatas que le dieron la vuelta al mundo y que sirvieron como ejemplo a otros psicópatas. Como pueden ver, tengo puestos estos pantalones camuflados que nunca pude usar tranquilamente en el pueblo, porque allá los buenos soldados de la patria se enamoran de ellos y te los quitan con el más arbitrario de los descaros. Así es en algunos pueblos cuando están en guerra; uno no puede vestir lo que se le da la gana. Pero como estoy en la libertina y mediocremente intelectual USA, también luzco una gorra, igualmente de tonos militares, y un chaleco y unas botas con punta reforzada de acero.

Cargo el fusil. Abro la puerta. Miro el campo de batalla. Todo en su sitio. Más consumidores de los que me esperaba en las máquinas dispensadoras de soda, y en la fila de pedidos. Salgo y empiezo a disparar.


EPÍLOGO

Ahora escribo esto desde Cali, atestiguando cómo la familia de Andrés explota despiadadamente su muerte.  Hacer del dolor un sello comercial, pareciera ser el nuevo pasatiempo más rentable de sus afortunados victimarios y el deporte nacional de un país que se desangra. Una suerte de oportunismo funerario, digamos.  Hasta los mocos que Andrés dejó pegados en las paredes de San Antonio, ahora son empacados al vacío por sus rapaces "pocos buenos amigos" y vendidos en las librerías de esta melancólica ciudad, bajo el mismo eslogan que tantos réditos económicos ha brindado: "Se mató a los 25 años". Bueno, tal vez un poco como mi caso, y tal vez por eso yo haya venido a parar acá al lado de ella y de Andrés. Me han disparado en Estados Unidos, pero yo he logrado cargarme a un buen puñado de vanidosos pretenciosos antes de que vinieran los tombos y me dispararan ellos a mí, y el cielo es exactamente a como me lo había soñado.  Paso los días tirado al lado de una piscina muy azul, con una lata de cerveza helada y un periódico y una mujer al alcance de la mano, y 30 grados de temperatura en promedio, y un teléfono celular. A veces vienen los hijos de los vecinos y rompen la calma del agua de la piscina y me preguntan por este orificio que tengo en la frente y yo les cuento que es un balazo que me pegaron los policías mientras le disparaba a un montón de analfabetas adinerados y entonces los vecinos enanos me ofrecen tragos de ron "straight", pero Andrés es quien se lo toma, y luego los hijos de los traquetos lanzan sus gritos al sol y se empiezan a contar historias mafiosas de sus padres muertos en manos de otros narcotraficantes reconocidos mientras se broncean y yo les digo que no dejen morir ese legado mágico, que a los gringos hay que derrotarlos envenenándole esa cabeza a punta de perico, que lo piensen bien, que después no se vayan a arrepentir por no trabajar en la única industria importante que tenemos para dejar de ser un país de tercera categoría, y entonces luego se van por donde vinieron y entonces pasan los vigilantes de esta unidad residencial, cercada con mallas electrificadas y sistemas de circuito cerrado de televisión y yo le pregunto a mi mujer por el estrato de este barrio y ella me dice que es seis o siete, que no está muy segura y que limita con una universidad pública y que no puede entender los contrastes.

Para comprobarlo, yo salgo de esta urbanización y cruzo al otro lado de la calle con mi mujer y efectivamente vemos que nuestro cielo estrato 8 es un oasis de modernidad en medio de un sistema de potreros muy parecidos a los de Medellín en la década de los 70's.  Al oeste Unicentro, al norte Jardín Plaza, al este Macro y al sur nosotros y el adefesio éste de universidad pública.

Me pongo en contacto con un montón de verde como el que me vio crecer, cuando estaba en la infernal Terra, en medio de una ciudad que apenas se construía, y me interno en el centro educativo y me aterro de que todos estos estudiantes mal vestidos lucen desnutridos a pesar de unos avisos destartalados que anuncian almuerzos gratis. Sigo avanzando y veo estatuas del Che Guevara cada dos por tres y jardines descuidados por doquier: "Jardines Hippies", pienso. Grafittis y más grafittis. Esta universidad es como el resto de Colombia. Pura dejadez en nombre del subdesarrollo y la desigualdad.  ¿Por qué no hay botes de basura en cada esquina de esta ciudad? ¿Por qué hay tantos cuadrúpedos atropellados y con las tripas afuera por las carreteras colombianas? ¿Por qué los animales domésticos andan sueltos por las calles?

Volvemos a la unidad residencial mi mujer y yo y nos tumbamos de nuevo a broncearnos al lado de la piscina, donde nos espera Andrés nadando al estilo mariposa.

 Pasan los vigilantes y nos saludan. Todos aquí nos conocen como los nuevos del 201. Todos aquí sonríen. Todos aquí, pareciera, que no se enteraran de que viven rodeados por la más cruenta de las guerras civiles. Todos aquí nos ocupamos de cosas más importantes como los efectos del jet lag.

Doy un sorbo de cerveza. Me pongo unas gafas, cierro los ojos y dejo que los rayos del sol tropical arrullen mis sentidos. Qué lindo se ve el azul de la piscina cuando la tarde empieza a caer y las luces de la unidad residencial se encienden anaranjadas y se derraman sobre la superficie del agua, sobre las pequeñas turbulencias subacuáticas que hacen Andrés y ella, y van a posarse sobre la loza del fondo, al tanto que Andrés y ella sacan sus cabezas para respirar mientras dan alguna brazada y cuando miran hacia el cielo, hacia las palmeras en el momento en que se pavonean con todos sus verdes posibles, pero que en la noche se tornan negras.




Cordialmente,
William Zapata M.