sábado, 28 de noviembre de 2009

Fragmentos de la novela Quemando Gasolina. Autor: William Zapata




QUEMANDO GASOLINA
Por William Zapata


Tercera vez que vengo esta semana. Tal vez cuarta, no llevo bien la cuenta, para qué, no importa. Lo que importa es saber por qué lo haces, con cuál fin, de qué se trata todo este asunto de autobuses llegando y de equipajes y de pasajeros bajándose, con sus pelos enmarañados y con esa actitud de desorientación con la que pisas el suelo después de un largo viaje. Tal vez sea eso lo que me traiga hasta aquí, cada tanto, cada noche preferiblemente, pero a veces en el día también. Tal vez sea esta imagen, del recién llegado, lo que más me defina como ser humano. Siempre estoy llegando. Esas miradas buscando algo reconocible, tratando de ambientarse al lugar, esos cuerpos aclimatándose a su nueva movilidad. Antes sobre ruedas y sentado; ahora parado y andando por mis propios medios, tirando infantería, tal como empezó el hombre a guerrearla por el mundo.

Quizá estas palabras vayan de eso; quizá busquen definir las causas de mi estado perpetuo de ser el nuevo, el forastero, el recién arrivado, más que de estar yéndome. Acaso quiera hablar de algún combustible, de algo que necesite tener todo el tiempo para poder funcionar; de quemar gasolina, de hacerme un hueco en el ecosistema; de llantas, de mirar la urbe por el rabillo del ojo y ver los edificios en barrido; de bodegas emocionales; de echar a rodar por la ciudad sin rumbo fijo, a horas extrañas, de timonear tu propia vida; una suerte de poner en marcha el piloto automático; de pisar tierra un poco desubicado, de echar el ancla en tierras poco firmes; como este señor que acaba de bajarse de un Conorte y busca alguna mirada familiar en los ojos de la gente que espera en la plataforma. Pero no; él no encuentra ninguna mirada reconocible, ningún alma afín que le haga un guiño. Dar un par de pasos al frente, mirar hacia los lados. Se acomoda su sombrero, se quita el saco que le rodea el cuello y se lo pone; hace frío; ese tipo soy yo. Ha perdido el contacto con algo, esa es la actitud; mirar desesperanzadamente el teléfono público. Para qué, parece reaccionar. Quien quiera que haya quedado en venir a recogerlo, no vino. Decide acomodarse su maletín a la espalda y caminar, alejarse por el pasillo, preguntar a un vigilante dónde queda el baño, la puerta de taxis, el lugar donde se toman los autobuses para el centro de la ciudad.

A propósito, he vuelto a escribir a mano. Me tocó comprar una libreta para registrar mis visitas a la terminal. Es fácil tener una posición privilegiada acá. Simplemente te paras lo más cerca que puedas, muy junto a las personas que desembarcan, como si estuvieras esperando a alguien y no pasas como un intruso observador de especies raras. Nadie sospecha cuando te quedas indagando en el rostro del pasajero ocasional, con fijeza y ojo clínico.

Los mejores días para observar son los festivos o temporada de vacaciones. Todo el día están llegando carros, seguido. Miles de visitantes vienen a la ciudad en esa época y vos podés darte un banquete observando viajeros en la terminal. En las temporadas bajas, uno puede entretenerse mirando aviones despegando y aterrizando en el aeropuerto que queda atrás de la terminal. Los buses inter municipales vienen muy graneados en semana. Esta terminal no es muy vieja; es más bien nueva, ha emergido con la nueva Medellín; la Medellín post Carlos Gardel, digamos. La Medellín Carlos Gardel tuvo que bandearse con una sola calle principal en el centro de la ciudad, hasta que llegaron las grandes construcciones, los anticipos de la megalópolis que fungimos ser. Me pregunto, qué diría Sandra, ahora que yo escondo con celos, más o menos, el vicio que ella solía tener.


2.

Quién iba a imaginar que yo iba a terminar sosteniendo el mismo vicio de Sandra. La mañana que me lo confesó, no pensé que fuera a trascender tanto en mi vida. Estábamos al lado de la cafetería. No en la cafetería como tal, sino junto a la cartelera de las prácticas profesionales, porque a Sandra no era que le gustara mucho estar en el meollo de la turba estudiantil.

De hecho, casi siempre pasaba de largo por la cafetería o se deslizaba tangencialmente por detrás de la facultad y se montaba directamente a su Chevrolet, parqueado junto a la circunvalar.

Me pregunto, qué será de la vida de Sandra. Es extraño que, en estos tiempos de interconexión, ella haya sido una de las pocas compañeras a la que he buscado mucho y la única que no he podido encontrar.

Iba a escribir 'amiga', pero no creo que Sandra y yo hayamos llegado siquiera a eso. Tal vez en ello radique mi intenso interés precisamente en Sandra; en que ni siquiera tuvimos tiempo de que la relación se viciara con la pócima de intimidad alguna.

El caso es que, misteriosamente, Sandra es de las pocas personas que he estado buscando en el Facebook, y en Google, pero el oráculo digital tampoco ha sabido darme respuestas. Lo mismo con nuestros ex compañeros mutuos. Nada, cero pistas.

Me impresiona el bajo perfil de Sandra, partiendo de la base de que siempre se alcanzó a graduar. Incluso ya la había empezado a buscar desde el exterior, cuando yo me la pasaba tratando de buscar algún contacto desesperado con el país. Cualquier pretexto era bueno para comunicarme con Colombia.

Pero, por qué Sandra. Qué raro. Si nunca fuimos demasiado amigos. Simplemente, de vez en cuando, había cierta química para ponernos a conversar después de clase, pero no más. Acaso alguna mañana coincidimos fuera de la universidad y terminamos almorzando juntos en J y C Delicias, pero no más. Ah, sí. En otra ocasión nos fuimos a dar vueltas alrededor del campus y terminamos en los recovecos de la Facultad de Artes experimentando la fascinación de arquitecturas imbricadas y secretas.

Recuerdo, luego, estar en clase de Técnicas Audiovisuales hace muchos años, con ella. Un profesor al frente. Del periódico El Mundo, creo. Los lunes por la noche o los miércoles por la mañana, no estoy muy seguro. Pero era uno de esos dos días. Luego salimos a la cafetería y me contó la historia de su vicio.

Resulta que a Sandra le gustaba salir por las noches a patrullar la ciudad. Decía tener problemas de insomnio, y entonces solía agarrar el carro y, con la pijama puesta, echaba a rodar por las calles vacías, todo Medellín desierto. Era eso y no más. Después volvía como a las 4 de la mañana y podía conciliar el sueño.

Hoy, casi dos décadas después, me gustaría preguntarle a Sandra un montón de cosas. Tal vez, qué dirían sus padres o cómo hacía ella para no dejarse pillar por sus hermanos; si los recorridos los haría en pantuflas o descalza; qué hacía mientras estaba afuera, aparte de conducir y ver calles solitarias; en qué barrios exactamente se metía... Hoy todo lo qué me acuerdo es que aquello era cosa de todas las noches. Me imagino. Que los días hábiles. Que los fines de semana no. Que sólo durante la época de estudio, no sé; ese es otro de los temas que me gustaría tocarle a Sandra.

Yo lo que pienso es que Sandra estaba tan aterrorizada, como yo, a quedar atrapada en discursos. Es una cosa muy loca, lo sé. Pero a mí por ejemplo, eso es lo que me gusta de esa sensación de estar rodando tarde en las noches, de estar como escapando.

Huir de la estaticidad de los discursos; es como si sintiera que todo pensamiento antioqueño está sumergido una irremediable quietud de camión lechero, pinchado en alguna secundaria carretera de la región andina. Me da susto todo eso. Los discursos como trancones. El discurso de la bohemia, el discurso de los que hacen arte, el discurso de los activistas, el discurso de los djs y sus eternos 10 grandes hits del Pub. El discurso de los que se desviven por figurar, sobre todo. Los que van a los parques y se dedican a posar. (Será porque yo mantuve a raya mi histeria con varias novelas en el pasado, que me caen tan mal esos, y esas, que tratan de llamar todo el tiempo la atención?) Y el de los bazukeros estrato 4. De los cocainómanos y los que hacen cine.

El discurso de la gente de las oficinas. El de los bares. No sé, es como estar atrapado en un embotellamiento de tráfico y ver un semáforo a la distancia, en rojo, y luego verlo cambiar a verde y sentir que el taco no avanza, que tiende a convertirse en nudo en la garganta y que vos te querés bajar de tu moto y seguir el camino a pie, porque todo el mundo anda varado y accidentado y vos te estás varando con ellos, cuando podrías estar quemando gasolina y estrellándote a solas por las noches, en las alta autopistas, a horas cuando todos duermen y cuando las avenidas se muestran libres para transitar. Creo que todo esto tiene ver con eso. De sentirse atrapado en el trancón de ciertos lenguajes y de salir por las noches a conducir en discursos mucho más despejados o de descubrir calles nuevas, con más calma de lo usual, sin semáforos en rojo, ni en verde tampoco. De transitar por los discursos con todos los semáforos en amarillo, eso es. Tal vez Sandra lo hacía por las mismas razones.

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William Zapata Montoya (Medellín, Colombia 1971): estudió Comunicación Social en la Universidad de Antioquia. Tiene inéditos los libros: Películas de Carretera y Otras Canciones (novela), El Empeliculado (novela) y Jackson Heights Undergound (ensayo). Vive en Nueva York.






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